Tres razones para irse despidiendo - Razón 1: La verdad mamá, no me quise acordar de tu trabajo



Por Laura Athié*

Desde hace meses me pregunto para qué vine a este mundo, así que me la he pasado recurriendo a varias artimañas para saber si el destino se está burlando de mí. Y me lo pregunto cuando me levanto y entro a la oficina, y cuando me queda poco tiempo para leer, y cuando lo único que escribo desde hace bastante tiempo son oficios numerados, notas con folio o entradas de Face.

Y no ha bastado que me lean la mano o que me tiren las cartas del Tarot: Hay un hombre interesado en ti, me dijeron, viejo, con canas, usa lentes, tú nunca lo ves. Y estuve entonces varios días observando con desconfianza a todo anciano que anduviera cerca para averiguar sus intenciones.

Luego me regalaron una carta astral contradictoria. Por un lado la carta me informaba que mi misión era reunir a muchos. Inmediatamente pensé en la política y me dije: esta astróloga se equivocó, de ninguna manera quiero ser candidata, ni me gustan los partidos, y como decía que era reunir a muchos para cambiar al mundo, pues me asusté. Demasiada misión para una mujer de un metro 54 centímetros y medio.

Después vinieron cayendo los días y las horas me roban vida, hasta que me salieron dos canas y yo seguía sentada en el escritorio escribiendo oficios y formatos sin tiempo para leer así, como lo hacía antes: sencillamente lo que me dé la gana.

Algo me está pasando, pensé, esta no es la vida que quería para mí y empezaron a surgir las voces, no las internas, sino las de los amigos o la gente cercana que tiene la mala costumbre de decirnos “la verdad”:

– Lo que yo no entiendo es por qué trabajas en el escritorio si lo que te gusta es escribir, me dijo la semana pasada un antiguo jefe.

– Deberías de aventar todo y dedicarte a escribir Laura, me ha venido diciendo mi amiga Maricarmen desde varios años.

Pero la verdad más clara me la dijo mi hija, hace dos días, cuando fuimos a hacer su examen de admisión.

Ella estaba sentada conversando con la psicóloga cuando según contó, le preguntaron sobre su familia. Entonces Abril comenzó a platicar que nació en Mexicali, que su padre hace cine, que la novia de su padre muffins de todos los sabores y que yo, la verdad mamá, me dijo, es que no me quise acordar de tu trabajo, cuando la señora me preguntó qué hace mi madre yo le dije que mi mamá es escritora.

Entonces, al escucharla, justamente desde hace dos días un ya basta ha venido girando en mi cabeza y lo único en lo que pienso es en hacer pan.

Les contaré: a lo largo del tiempo he hecho todo aquello que traía en la mente, menos dedicarme al cien por ciento a escribir y después de escuchar a mi hija me convenzo de que la única verdad es esta, así de sencilla: mi nombre es Laura, me gusta el pan, escribo, soy una cobarde y heme aquí, pensando en que mañana volveré a la oficina.

Y la verdad es que soy miedosa, aferrada a lo que me da seguridad y eso me causa varios conflictos, pondré a continuación algunos ejemplos:

Ejemplo uno: El hombre que les gusta las besa. Imagínense que ustedes son yo y un hombre les gusta, pero les gusta y mucho. Ahora imaginen que por fin salen y luego platican, y se ríen y bueno, pasan algunas horas y por fin el hombre se acerca y las toca y ustedes se dicen: ay caray, este es el hombre que me gusta, y quién sabe qué piense él pero así sin más, comienza a besarlas. Como ustedes son yo, muy seguramente sentirán que la piel se les enchina y se pondrán nerviosas pero también comenzarán a sentir lo que uno siente cuando alguien que les gusta, los besa. Y entonces están ustedes ahí, en pleno beso, sin importar si las manos del hombre, junto con el beso, comienza a tocarles las “aguadurías”–como llama Abril, mi hija, a esas graciosas carnitas que le cuelgan a uno de la cintura o debajo de las nalgas, en las que nadie se va a fijar–. Pero están ahí: que me toque las aguadurías, se dicen, no importa, ustedes están felices y con el beso a todo lo que da, hasta que el hombre decide tocar el cuello y luego el hombro, y nuevamente el cuello y la oreja y la ceja con todo y beso, hasta que uy, llega a la frente y al cabello justo cuando el beso estaba en lo mejor. Es ahí en donde entra la cobardía: ¿y si se da cuenta que me estoy quedando calva? ¿Y si se queda con mis cabellos en las manos? –recuerden, ustedes son Laura– y si me ve este huequito entre la coronilla, que ya deja asomar la piel. Para entonces, ya se les quitaron todas las sensaciones y no hacen más que cruzar los dedos y pedir a los dioses que por favor el hombre del beso no les vaya a arrancar ningún cabellito.

Porque ustedes son yo y entonces, además de haberse estado preguntando cuál es el motivo por el que están en este mundo, han venido dejando a lo largo del camino no sólo dudas existenciales, sino bastantes cabellos tirados en la almohada, la ropa o el lavabo del baño cuando se comienzan a peinar.

Así que reitero: mi nombre es Laura, me gusta el pan y que me besen aunque me toquen las aguadurías, escribo, soy cobarde y me estoy quedando calva.

Ejemplo dos: La entrevista de trabajo. Estamos entonces de acuerdo en que como yo, ustedes son cobardes porque son yo: Laura la que tiene Lupus desde hace muchos años, pero no importa, están en la entrevista de trabajo con todos los cabellos en su sitio, seguras de que no se les ve ningún hueco, derechas con un curriculum impecable, escuchando al entrevistador. Después de que se rasca la barba y las orejas pregunta por qué salió usted de aquí, qué tanto hizo por acá, si es soltera. Pero ustedes son Laura y suelen responder aunque no les hayan preguntado, omiten eso de ser soltera y se van directo al punto: tengo una hija, dicen, y cuentan entonces de Abril, sin ser muy efusivas, aunque indudablemente se les sale la felicidad y se acuerdan de cuando medio mundo dijo que ser madre con Lupus era imposible y vuelven a la realidad porque el entrevistador ya va en otro tema y llega finalmente al tema crucial, un conflicto ético sobre la mentira:
Oiga, les dice el entrevistador, ¿usted hace ejercicio?

Sí, dicen, son Laura.
– ¿Y fuma?
– No.
– ¿Bebe?, a veces, me gusta el vino.
– ¿Padece alguna enfermedad?…

Y es ahí, justamente ahí, en donde les comienza a entrar la cobardía. Fueron a la entrevista a sabiendas de que esa es pregunta de rigor, conociendo bien que todo sería mejor que estar enferma. No les han preguntado si suelen robar o han asesinado a alguien, si cometieron algún fraude. No, han preguntado sobre su salud y como suele pasar, ustedes antes de contestar, aguardan.

El asunto es crucial: Si digo que padezco una enfermedad no me contratan, si digo que soy absolutamente sana y luego me empieza a doler la parte baja de la espalda, la pierna o se me hinchan las manos, se van a dar cuenta y pensarán que mentí. Pero como ustedes son Laura saben que es un conflicto ético no sólo para ustedes que solicitan el trabajo, sino también para él, el entrevistador: Si no me contrata porque estoy enferma está cometiendo un atentado contra los derechos humanos, si me contrata a pesar de que estoy enferma, se va a ir al cielo con todo y pantalón, piensan hasta que el silencio ha sido demasiado y entonces les toca responder y dicen: mi nombre es Laura y tengo Lupus, pero jamás he faltado a trabajar.

Omiten lo del beso y lo del pan, se van a su casa y esperan, porque el entrevistador dijo que “le volveremos a llamar”.

Y cierro con el ejemplo tres de cobardía: la escritura y el pan. Escribo porque me sale mejor leer que decir todo lo que siento frente a frente. Ni en la felicidad, ni cuando me molesto, sé decir las palabras adecuadas, así que como ustedes son yo, prefieren escribir que hablar y casi nunca hacen una llamada telefónica, es así que algunas personas las consideran extrañas: se están quedando pelonas (recuerden que ustedes son Laura), no dicen mucho cuando están enojadas pero abren los ojos con una furia como de pitbull en pelea callejera; no lloran en público enemigo aunque estén sumamente tristes, pero son capaces de pasar media noche en llanto si alguien el hombre al que quieren las comienza a abrazar.

Estoy triste, dicen, ustedes son Laura, vamos por un pan o por un helado o por un chocolate o a bailar una buena salsa o a escuchar música en vivo o a ver a la gente por las calles o simplemente a caminar y es que es así: son Laura y son felices con cosas sencillas, simplemente comiendo pan, haciendo pan o teniendo una panadería. Y entonces se sientan en la cocina de su casa y tomar el harina y el agua mientras se esponja la levadura y reparten semillas: linaza para Abril, nueces para Laura, y amasan, amasan mientras sueñan: yo quisiera tener una panadería de panes deliciosos, sorprendentes, pesados; de muchas formas y colores, con todo tipo de granos y en donde pudiera venderse la receta exclusiva del strudell de manzana de mi mamá.

Y se imaginan ahí, ustedes, mientras amasan: es una panadería hermosa, limpia, con maderas viejas y muchos cristales, en un edificio bellísimo y de varios siglos, con una entrada amplia que invita a pasar. Puede verse perfectamente el horno al fondo y la mesa, se vende café y chocolate, mermeladas y vinos, algunas frutas de temporada como fresas o mangos, se sólo bolsas de papel. Aunque no tienen el nombre de la panadería sí han imaginado cada uno de los panes y se ven, ustedes, con un mandil y las mejillas llenas de harina diciendo buenos días, mire qué rico, claro que sí tenemos, pase, pruebe que delicioso pan, mientras se toman también su café con leche y aguardan a que los clientes compren para sentarse, detrás del mostrador de madera y un pequeño biombo, en la computadora que nadie ve pero que ustedes saben –porque ustedes son Laura– que está ahí, en medio de su panadería, para que ustedes escriban mientras huele a maza y a pan caliente y a café.

Y entonces se acuerdan de su hija que dijo hace dos días: mi mamá es escritora, pero se levantan con el despertador, y se visten formal y van, como hace bastantes años, a trabajar a la oficina en donde no hay pan ni mieles ni mermeladas y saben que llega la cobardía: ustedes son Laura y tienen Lupus, les gusta el pan, la cumbia y los besos; el chocolate, los paseos a pie y el helado. Ustedes son Laura y bien que se acuerdan de la pregunta del ex jefe: “Lo que yo no entiendo es por qué trabajas en el escritorio si lo que te gusta es escribir”.

Trabajo en la oficina porque miren y aquí termino: mi nombre es Laura, tengo Lupus, quiero todo el tiempo para la escritura, tuve una hija que parecía que no lograría nacer a la que amo, que ahora está en plena adolescencia y me recuerda cuando yo le rezongaba a mi mamá. Me enamoró fácilmente pero muy poco, sólo cuando encuentro al hombre que admiro, que me provoca risa, que sabe abrazar fuerte y que no repara en si tengo cabello o no cuando va a besarme. Lloro y confío siempre en los amigos, abro mi casa, quiero, pero nunca perdono una traición. Tomo medicamentos desde los 19 años y trato de ser disciplinada, rompo reglas pero cuido la ortografía, siempre estoy muy empeñada en cumplir y creo en la palabra de los demás, pero no me atrevo, por lo menos todavía, a dejar de levantarme para ir a la oficina.

Cuando alguien me pregunta eso: porque si me gusta escribir, no dejo el escritorio, no digo nada, sólo pienso: ¿y si me pongo a hacer pan y escribo?, ¿podría pagar mis medicinas? Y si caigo al hospital como ha llegado a suceder, ¿tendría dinero para que no me muera? Y si me llego a morir como se ha pronosticado, ¿qué es lo que le dejaría a mi hija?

Pero soy Laura y exagero, como han venido exagerando mi padre y mi abuelo, pues parece que esto de contar historias exageradas es un asunto familiar. Seguramente vendrían los amigos o la familia y me ayudarían, como siempre lo han hecho, a comprar medicinas y a pagar tratamientos médicos cuando se ha llegando a necesitar.

Soy tan cobarde que temo a los fantasmas y a los taxistas en las noches y a los hombres que caminan detrás de mí.

Tan miedosa que me aterra no tener el dinero, como ha sucedido, para comprar las pastillas que me tengo que tomar justo en el momento en que se acaban.

Pero miren, que desde hace dos días, con todo y los miedos he venido pensando en el pan, en la panadería de Laura que huele a mantequilla y esconde detrás de un biombo una computadora y cuadernos de muchos tipos y plumas, y no se me quita de la cabeza eso que bien dijo mi hija: se me olvidó tu trabajo mamá, yo le conté a la señorita de la escuela lo que creo que eres, sabe usted señorita, dijo Abi, mi mamá trabaja en la oficina pero es escritora.

Texto leído en las Jornadas de belleza para personas con lupus, organizadas por la Biblioteca Vasconcelos y la Asociación El Despertar de la Mariposa, A.C., en la Ciudad de México el 13 de abril del 2014, durante la presentación de Calva y Brillante como la Luna. Diario de una loba contra el lupus.

* Madre de Abril y Tejedora de historias de mirada árabe. Maestra en Política educativa (UNESCO-IIPE) y Comunicóloga (UABC), en lucha en favor de la memoria familiar y la cultura escrita. Quiere dedicarse a estudiar, seguir escribiendo, vivir mucho para acompañar a su hija que ya es adolescente y próximamente, ser panadera. / @lauraathie / tejedoradehistorias@gmail.com / www.tejedoradehistorias.com