Recuerdos

Por Ruth Calderón

En aquellos tiempos yo pensaba que todos los pueblos y ciudades del mundo tenían un río, porque en todos los que visitábamos había siempre uno.

Tendría yo unos ocho o diez años, no lo sé con exactitud, vivía con mi familia en el sur de mi país, una comarca de espléndidos paisajes en plena cordillera de los Andes, en la pequeña y fría ciudad de Pasto, ubicada en un valle encantador rodeado de montañas cuyas faldas ofrecían un panorama sorprendente de parcelas sembradas de trigo, algunas doradas y otras en verdes de diversos tonos.
Mi padre era un hombre inquieto, con una gran inventiva para los negocios y muy trabajador, siempre se ganó la vida de manera independiente, se complacía en ser “su propio jefe”, como él decía.

Los sábados en la madrugada mi madre nos despertaba, nos arropaba y nos metía en una camioneta que papá había comprado y cuya historia es digna de contarse. Mi madre llevaba además sus utensilios de cocina más básicos y junto con la variada mercancía que mi padre llevaba para vender en los coloridos mercados de las aldeas vecinas. Emprendíamos el viaje.
Invariablemente, el recorrido era a través de la escarpada cordillera. Espléndidos y sobrecogedores paisajes sorprendían a cada curva del estrecho camino serpenteando al borde de precipicios que cortaban el aliento.
Siempre recuerdo cuán intrépidos me parecían esos choferes de grandes camiones con llantas dobles que arriesgaban su vida, con una de las llantas del vehículo girando en el vacío al momento de encontrarse con otro carro sobre la vía contraria.
Antes de las siete de la mañana divisábamos la aldea. ¡Ojalá recordara los nombres! Eran pueblecitos sumamente pintorescos, con una pequeña plaza en el centro, en donde los sábados y los domingos se ubicaban en alegre algarabía los vendedores que traían su mercancía de la ciudad lejana.
El frío de la madrugada en la cordillera hacía aparecer la torre del campanario de la iglesia cubierto con un velo gris de espesa niebla, mientras se oía el repicar de las campanas llamando a misa. ¡Cómo extraño el sonido de las campanas! Me traen siempre recuerdos muy gratos de tardecitas pueblerinas tranquilas y perfumadas. Es uno de los sonidos más entrañables y evocadores que existen.
A llegar a la plaza, nos invadían los aromas: pan fresco, café, chocolate caliente y otras delicias regionales. Mi padre ubicaba su camioneta en el lugar que consideraba más estratégico para sus propósitos comerciales y mi madre se encargaba de nosotros. Sus cuatro pequeños dábamos con ella un recorrido a pie por el centro del pueblo, ella compraba algunas provisiones y luego nos dirigíamos a la orilla del río.
En aquellos tiempos yo pensaba que todos los pueblos y ciudades había un río, porque los que visitábamos siempre tenían uno.
Una vez a la orilla del agua, mi madre instalaba con singular habilidad su improvisada cocina con un fogón entre tres o cuatro piedras más o menos grandes y preparaba el almuerzo, que siempre estaba listo para cuando mi padre terminaba su venta en el mercado y lo comíamos allí, oyendo el rumor del agua que corría entre las piedras, bajo árboles frondosos de amigable sombra.
Por aquellos tiempos la contaminación y el daño al medio ambiente no eran asuntos conocidos ni comentados. El agua de los ríos corría cristalina, las orillas tenían abundante sombra y se suponían propiedad de todos, sin cercas que cerraran el paso, ni letreros con prohibiciones.
Algunas veces, de regreso a casa, nos deteníamos a bañarnos en las aguas heladas de aquellos parajes encantadores.
Entonces mi padre buscaba también una mina de oro. No tengo idea de cómo se interesó en esto, sólo recuerdo que una madrugada de nuevo subimos a la camioneta y emprendimos el viaje. La mañana nos sorprendió en una curva del camino, frente a un paisaje absolutamente espectacular. En plena cordillera, abajo… muy abajo, se veía el valle entre la bruma.
Desde ese punto emprendimos una caminata por el bosque hasta llegar a una cueva. No sabíamos si era natural o sise trataba de un socavón abierto en la montaña, sólo penetramos unos pocos metros mientras unos hombres le enseñaban a mi padre las supuestas vetas de oro y él mostraba gran entusiasmo ante el nuevo proyecto.
Mis recuerdos se limitan a los paisajes que me cautivaban por completo. No puedo recordar, por ejemplo, si mis padres habrán discutido o comentado el asunto de la mina, me acuerdo solamente lo frío del paraje, los senderos de la montaña y los aromas de las improvisadas comidas que mi madre preparaba.
Ahora me pregunto: ¿no habría ningún restaurante por aquellos caminos? ¿Por qué mi madre tenía que llevar siempre provisiones y utensilios para cocinar a donde llegáramos? Tampoco recuerdo haberla escuchado quejarse por lo que ahora me parece un trabajo enorme, porque no llevaba una comida fácil como los socorridos “emparedados” de hoy y que en aquellos tiempos no conocíamos. No, mi madre cocinaba a cielo abierto siempre que salíamos en aquellos recorridos.
El grupo familiar que guardo en mis recuerdos parecía feliz alrededor de aquellas comidas improvisadas en algún recodo del camino e indefectiblemente, junto a un río rumoroso y alegre.
Lo de la mina de oro no prosperó, creo que visitamos el paraje un par de veces más y no volví a oír del asunto.
En otra ocasión mi padre también rondó una improbable mina de carbón, animado quizás por alguna recóndita vocación de minero.