Dura madre

Por Adriana Sotero Vallejo

Dice que cuando rompió una cazuela, su madre levantó los tepalcates y le talló sus manos con los pedazos de barro roto.

“Mi mujer era educada a la antigua”, como dicen los jóvenes, tal vez su genio o carácter se plasmaron en su semblante, duro y estricto.

Su papá le puso “La China” o “La Sabia” pues sus razonamientos eran buenos. De niña le decían “La Chancluda” porque su familia fue una de las primeras que usaron zapatos en el pueblo.

Cuando fue adolescente, en su primer periodo físico, su mamá la tachó de cochina y le advirtió “cuidadito y salgas con tu domingo siete”. Ella tenía veintitantos años y aún no sabía qué era el domingo siete.

Era tímida, pero forzada por las circunstancias de la vida y los prejuicios de la sociedad salió adelante. Dice que cuando rompió una cazuela, su madre levantó los tepalcates y le talló sus manos con los pedazos de barro roto.

Me cuenta que en un episodio de su vida, su hermano Onésimo la quiso mucho.

Tenía además dos hermanas: Evodia y Honoria, mujeres estrictas y avaras, pero muy ahorrativas.

Cierto día, cuando llegó de la universidad, tenía mucha hambre y su hermana Evodia había hecho un caldo de pollo, pero como era muy estricta, había contado las piezas y a mi madre “La Sabia”, se le hizo fácil comerse una.

Cuando llegó su hermana ella se encontraba escribiendo en una máquina con el carrete muy grande, era de esas máquinas a las que todavía se le ponían calcas negras.

Entonces escuchó cuando gritaron: “¿Quién se comió la pieza del pollo?”, sintió un golpe fuerte en la nuca y se desmayó; escuchó qué la puerta se abrió, voces lejanas y lentas. Ya que estaba inconsciente por el golpe que le dieron, escuchó otra voz que decía:

– China, chinita, ¿qué te pasó?, mi hermanita linda, ¿qué te paso?

Ella sentía que le besaban la frente diciendo: “¡háblame por favor!”.

Evodia, su hermana respondió:

– Le pegué porque se comió el pollo.

– ¿Y por una pieza del pollo le pegaste? ¡Mira, ya la mataste!

Entonces el hermano la golpeó, mientras le advertía: “A mi hermana querida no le vuelvas a pegar”.

Ella amaba a su hermano porque siempre le traía algo de comer o vestir y hablaba con él sobre el futuro y las necesidades de las que carecían sus padres.

Cuenta mi madre que al morir, su papá, su hermano, pasó a ser su segundo padre por el amor que le tenía.

Esta es una anécdota de tantas.